Últimamente me he dedicado a buscar el suelo bajo mis pies. Me tomé unos días para resolver la "logística" de una vida que se extiende entre fronteras, persiguiendo trámites bancarios y una identificación oficial en México. Al final, no obtuve ni el plástico ni la cuenta, pero encontré algo mucho más permanente.
Me quedé con mi hermana cerca de El Pípila, en Tijuana. Fue un tiempo de reconexión necesaria con ella, con mi sobrina y con su hija, Aliyah, que ya tiene 11 años. En medio de ese entorno, también me encontré en una especie de aula distinta: compartiendo un caballito de tequila y una cerveza con una mujer en la zona de la Coahuila. Intercambiamos consejos de vida en un espacio donde el juicio no existe, solo la supervivencia y el reconocimiento de que, a pesar de todo, la vida sigue creciendo.
El equilibrio en la cuerda floja
Todo esto sucede mientras intento, casi de forma desesperada, mantener la compostura. No es sencillo gestionar el peso de una depresión que acecha en las sombras, ni proteger la autoestima cuando el entorno exterior parece empeñado en socavarla. Existe una arquitectura invisible en el día a día: el esfuerzo titánico de balancear mi vida conyugal con mi mundo emocional, procurando que las grietas de uno no terminen por derrumbar el otro.
En este viaje, la cámara se convirtió en mi único punto de equilibrio. Capturar la esencia de mi sobrina fue, en realidad, un ejercicio de introspección; fue buscar la luz en ella para no perderme en mi propia oscuridad. Es aprender a ser tío , hermano y profesional, sin dejar que el estrés me arrebate la cordura.
Ver por primera vez
Esta serie fotográfica nació de ese encuentro. Durante mucho tiempo, mi concepto de "hogar" estaba anclado a un lugar físico: la traila de mi madre en Rancho Corrido, en la reserva de Pauma Valley. Sin embargo, al convivir con mi familia y finalmente verlas de verdad, mi perspectiva dio un vuelco.
Existe una recompensa espiritual que surge cuando dejas de intentar "resolverlo todo" y simplemente te dedicas a disfrutar de la presencia de los tuyos. Ver a mi sobrina como la mujer y madre que es ahora fue inspirador. En estos encuadres, quise capturar esa transición: la ligereza de una carcajada y la gravedad de una familia que ha construido su propia fortaleza. Me di cuenta de que el hogar no es un sitio al que se llega, sino donde está la familia; es ese espacio donde no hay que descifrar nada, solo estar.
El ruido del exterior
No es un secreto que mi entorno laboral se ha vuelto denso. Lidiar con amenazas y el peso de una investigación en curso por parte de la SFPD ha generado un estrés emocional inmenso. Es ese tipo de ruido que te incita a aislarte.
Pero estas fotografías son mi respuesta a esa tensión. Son el recordatorio de que la verdadera estabilidad no reside en una cuenta bancaria ni en una credencial del gobierno. El hogar es la risa que habita en estos blancos y negros. Es el refugio donde no tengo que ser el jefe ni el protector; simplemente soy.
A veces los trámites fracasan, pero si tenemos suerte, lo que sí logramos es recuperar el tiempo.